Anales de Pediatría Continuada Anales de Pediatría Continuada
An Pediatr Contin. 2014;12:264-8 - Vol. 12 Núm.05

Miedos y fobias en la infancia

M. José Güerre Lobera a, Nadia Ogando Portilla b

a F.E.A. Psiquiatría. Hospital 12 de Octubre. Madrid. España. mariajose.guerre@salud.madrid.org
b MIR Psiquiatría. Hospital 12 de Octubre. Madrid. España. nadia@ogando@gmail.com

Artículo

Puntos clave

Los miedos son frecuentes en la infancia, sus manifestaciones dependen de estadio evolutivo, tienden a ser pasajeros, resolviéndose espontáneamente con la maduración cognitiva.

Valorar si la respuesta ante el estímulo es desproporcionada y desadaptativa ayudará a diferenciar entre miedos normales y fobias.

Dentro de los factores etiológicos, genética, temperamento y ambiente, adquieren especial relevancia las experiencias vividas por el niño y los aprendizajes, tanto directos como indirectos, como, por ejemplo, lo que los niños ven en la televisión.

Los niños fóbicos pueden permanecer asintomáticos fuera del estímulo fóbico o, por el contrario, manifestar un gran sufrimiento si la fobia es invasiva y no es posible la evitación.

Aunque las fobias son más frecuentes en adultos, la gran mayoría se inician en la infancia, siendo factor de riesgo para el desarrollo de futuros cuadros psicopatológicos, por lo que un diagnóstico y un tratamiento precoz son necesarios.


Introducción

Todos los niños tienen miedos en algún momento de su vida. La mayoría son pasajeros, varían a lo largo del desarrollo y se resuelven espontáneamente con la evolución y la mejora de sus capacidades cognitivas. En ocasiones, puede resultar complicado diferenciar los miedos normales de las fobias. Se considera miedo a aquella emoción displacentera con componentes cognitivos, psicológicos y comportamentales, normalmente específico para la edad del niño, que se produce en respuesta a una situación de peligro real o imaginario, y que no produce una importante alteración funcional. El miedo tiene una función adaptativa y necesaria filogenéticamente para la supervivencia de la especie. La presentación es diferente según la edad. En líneas generales, los miedos a la separación de seres queridos o a la oscuridad son más propios de niños pequeños. Con el crecimiento, los miedos sociales adquieren mayor importancia, el miedo al ridículo o a hablar en público son más comunes en la adolescencia.

Miedos y desarrollo evolutivo

Primera infancia

A partir de los 6 meses aparece miedo a las alturas, a los extraños y a la separación de las figuras de apego que se intensifica entre el año y 2 años y medio. Estos 3 tipos de miedos se consideran programados genéticamente y con alto valor adaptativo.

En esta etapa empiezan a surgir miedos relacionados con pequeños animales y ruidos fuertes, como los de los truenos.

Preescolares (2,5-6 años)

Se mantienen los previos, sobre todo el miedo a la separación. Conforme avanza el desarrollo cognitivo, aparecen más estímulos generadores de miedo. Son propios de esta etapa el miedo a los monstruos, la oscuridad, los fantasmas o a los personajes del cine o dibujos.

La mayoría de los miedos a animales empiezan en esta etapa y pueden perdurar hasta la adultez.

Escolares

El pensamiento operativo y la capacidad para razonar de forma concreta mejoran la percepción de la realidad; así van desapareciendo los miedos a seres fantásticos e imaginarios, dando lugar a otros relacionados con el temor a situaciones reales que puedan causar un daño, miedos a las catástrofes naturales, a presentar enfermedades o a lastimarse. Es la edad de inicio de las fobias a daño-sangre-inyecciones. Al final de esta etapa comienza, aunque poco frecuente, el miedo a la valoración negativa de los iguales o a los exámenes.

Adolescencia

Se reducen significativamente los miedos de épocas anteriores. Los intereses y las preocupaciones se centran ahora sobre todo en las relaciones con iguales, por lo que los miedos estarán asociados al temor a la crítica y al rechazo, al fracaso escolar y a no conseguir los logros académicos deseados o miedo al ridículo o a hablar en público (tabla 1).

Tabla 1. Miedos y fobias según la edad

Miedos y fobias

La distinción entre los miedos normales y las fobias no es sencilla. La fobia es un temor no justificado ante un objeto o situación que, aunque pueda reconocerse como irracional o exagerado, genera en el individuo una intensa reacción de angustia y que se acompaña del deseo por evitar dicho estímulo, produciendo elevado malestar emocional con repercusión funcional en caso de enfrentarse a ello.

Epidemiología

Los miedos infantiles son muy comunes, entre el 30% y el 50% de los niños presentan uno o más miedos intensos pero no todos tendrán significación clínica.

La prevalencia de las fobias oscila entre un 3 y un 9% de los niños y adolescentes, llegando incluso a un 15% según diferentes autores. Esta variabilidad se debe a diferencias metodológicas en los estudios y a que los padres tienden a ocultar la presencia de las mismos por lo que podría haber una infraestimación de dicha patología1. Son más frecuentes en el sexo femenino.

Las más habituales y de comienzo en la primera niñez son las relacionadas con los animales, seguidas por las ambientales, y posteriormente por las de tipo situacional y la agorafobia, que son más frecuentes alcanzada la veintena2. Las fobias ambientales parecen tener una mayor repercusión social, más comorbilidad, e ir acompañadas de más clínica somática que el resto de fobias simples3.

En un estudio realizado en 3.005 adolescentes de entre 12 y 17 años, hasta un 76,5% manifestaba tener miedos, y solo el 27,3% cumplía criterios para fobia específica a lo largo del año previo. El daño-sangre-inyecciones y los animales eran los miedos más comunes. De todos ellos, solo el 6,5% necesitó tratamiento. Esto último corrobora los datos ya conocidos, es sencillo poder evitar los estímulos fóbicos en la vida diaria y, por tanto, habrá mínima repercusión funcional en la gran mayoría de los casos4.

Etiología (tabla 2)

Tabla 2. Factores etiológicos de los miedos y las fobias

Neuroimagen. Las áreas cerebrales relacionadas con la fobia son principalmente 5: la ínsula, la amígdala, el córtex prefrontal y orbitofrontal, y la corteza del cíngulo anterior5. El papel de la amígdala ha sido ampliamente estudiado en el mecanismo del miedo. Las conductas evitativas se situarían en la corteza prefrontal y se ha objetivado una relación entre los receptores del N-metil-D-aspartato y la adquisición y consolidación de memorias del miedo6. Estos hallazgos son similares a los obtenidos para otros trastornos de ansiedad, lo que hace pensar en una base neurobiológica semejante.

Factores de riesgo

Presencia de una fobia en algún miembro de la familia7; un temperamento intolerante a la frustración con tendencia a sobredimensionar ante situaciones cotidianas o debilidad física o mental; niños de temperamento más sensible, dependiente, con pobre autonomía para la edad o con alteraciones en el apego, y especialmente relevante para el desarrollo de fobia social y agorafobia es la reexperimentación de acontecimientos traumáticos en situaciones semejantes8.

Clínica

Los niños fóbicos se encuentran habitualmente asintomáticos fuera del estímulo, que es evitado con facilidad y sin interferencia en su vida diaria. En caso de no poder evitarlo, generará importante sufrimiento en el niño y en su entorno.

La presentación clínica la agruparemos en 4 tipos de síntomas; la expresión y el predominio de un grupo u otro variará en función de la edad y el desarrollo emocional y cognitivo.

La fobia social tiene un inicio más tardío, en caso de ser grave podría conducir a rechazo al colegio. La fobia escolar es factor de riesgo para fracaso escolar, presenta 2 picos a los 6 y a los 12 años. Podría ser una manifestación de trastorno de ansiedad de separación o de fobia social (tabla 3).

Tabla 3. Síntomas de los miedos y las fobias

Diagnóstico

Ante un niño con miedos, lo primero es valorar si es normal y cumple unas características específicas según la edad o si adquiere significación clínica. Conocer la intensidad y la duración de los síntomas y recabar información sobre el grado de interferencia en el funcionamiento del niño nos ayudará a distinguirlo. Recogeremos información sobre patología médica intercurrente, antecedentes personales de cuadros similares y antecedentes familiares de trastornos relacionados y psiquiátricos.

Para definir bien el alcance de la fobia o miedo, investigaremos sobre todo: modo de aparición del cuadro y posibles desencadenantes recientes y remotos, conductas observables en el niño, modo de reaccionar del entorno ante la aparición de estas conductas y consecuencias, y grado de interferencia en la vida del niño y la familia.

Las fobias pueden formar parte de otros cuadros psiquiátricos, como, por ejemplo, trastornos del espectro autista o psicosis. En estos casos, lo relevante no es la conducta temerosa y de evitación, sino el objeto fóbico o la intensidad de la reacción. Estos niños pueden reaccionar con intenso pavor, incluso con crisis de agitación, ante situaciones u objetos cotidianos, tipo el ruido de la cisterna, escuchar una determinada canción o usar cordones en las zapatillas.

Es frecuente la comorbilidad entre varios tipos de fobias. La patología comórbida más habitual en los niños es el trastorno de ansiedad por separación, la ansiedad generalizada y el déficit de atención con hiperactividad9. La fobia social y la agorafobia suelen asociarse también a trastornos afectivos y abuso de sustancias3.

Tratamiento

Muchas fobias tienen su inicio en la infancia y pueden ser un factor de riesgo para desarrollar patología en la vida adulta. Un tratamiento precoz mejorará el pronóstico. Debe incluir a niño, padres y colegio. Las familias, al igual que el entorno escolar, son fundamentales a la hora de reforzar o limitar dichas conductas, pues es posible que estos niños presenten rechazo social o afectación de rendimiento escolar10.

Niveles de tratamiento

1. Psicoeducación para padres y niño: conocer el origen de los miedos, su carácter evolutivo y cuáles son los mecanismos que los perpetúan. Mejora el manejo y facilita la extinción.

2. Terapia cognitivo-conductual (TCC): es el tratamiento efectivo de mayor evidencia y debería ser el tratamiento de primera línea11. La relación con el estímulo/objeto fóbico es la base de estas terapias. Son más eficaces las técnicas que facilitan esa relación in vivo, ya que no todos los niños tienen facilidad para recrear imágenes mentales. La exposición debería realizarse de modo gradual para facilitar el control de síntomas, ya que, por su inmadurez, los niños poseen pocos mecanismos efectivos de control del estrés y emociones negativas. Es fundamental la participación de los padres. Dentro de este tipo de terapias, destacan por su evidencia la desensibilización sistemática in vivo, la práctica reforzada y el modelado participante12. La desensibilización sistemática mediante movimientos oculares es una técnica prometedora13.

3. Fármacos: necesarios si el miedo y los síntomas asociados son incapacitantes, no se puede realizar TCC, existe comorbilidad grave o ideación suicida. Los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina son los fármacos de primera línea con eficacia demostrada14-16. Las benzodiacepinas son útiles como tratamiento agudo.

Pronóstico

La mayor parte de los miedos en los niños son transitorios y se resuelven espontáneamente. En general, el pronóstico es bueno. Existen pocos estudios en niños pero parece que, a mayor severidad de los síntomas o presencia de comorbilidad psiquiátrica, peor es el pronóstico y mayor la tendencia a persistir durante la adultez. No existe correlación negativa significativa sobre los resultados académicos17. Aquellos adultos que mantengan las fobias desde la infancia, presentan repercusiones en su vida social, laboral y personal, con empeoramiento en la calidad de vida, incluso sin comorbilidad9,18.

Conflicto de intereses

Los autores declaran no tener ningún conflicto de intereses.

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